Biyu ([info]biyu) wrote,
@ 2004-03-30 13:25:00
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Cuento -- Escaparates
Había una vez un hombre, un hombre muy pequeño y con la voz tan débil que en los días de viento nadie podía oírle. Este hombre tenía pocas cosas que quisiera, apenas tres o cuatro, y las llevaba siempre encima para evitar que las inclemencias del tiempo pudieran hacerles dañó. Era un hombre tranquilo, un diminuto viajero que recorría el mundo intentando ser una persona de la que poder estar orgulloso.
Un día de finales de Mayo se le acercó un hombretón fuerte y corpulento y le ofreció un sitio donde guardar sus tres o cuatro objetos queridos. El hombrecillo, que quería a estas cosas más que a su vida, dudó durante un segundo pero en seguida pensó que el hombretón podría darles seguridad. El hombretón cogió las cosas en su manaza y las colocó en el escaparate de su tienda, donde procedió a ponerles precio.

"Pero bueno", dijo el hombrecillo, "¿cómo puede usted ponerle precio a mis cosas queridas"

El hombretón le dio una palmada afable en la espalda:

"Porque nunca han sido suyas, viejo amigo. Siempre han estado a la venta, aunque usted nunca lo viera. Usted siempre ha sido pobre, amigo mío"

El hombrecillo no pudo evitar que tres lágrimas (dolor, rabia y reconocimiento de la verdad) rodaran por su mejilla hasta los adoquines del suelo.

"Entonces", continuó el pequeño hombre, "¿cuánto dinero me toca de la venta de mis cosas?"

El hombretón rió con voz atronadora:

"Nada, amigo mío, nada. Lo que saquemos de la venta es para mí. Usted tiene el beneficio de poder ver cómo la gente se lleva sus objetos amados para amarlos mejor de lo que usted nunca pudo. O no, tal vez para maltratarlos y destruirlos, pero ese ya no es su problema, ¿verdad?"

Y dicho esto, el hombretón entró en la tienda para comenzar la venta. El pequeño hombrecilo pasó toda la noche de rodillas frente al escaparate, llorando con impotencia cada vez que alguien compraba una de sus cosas. Pataleó, llamó ladrones a los ignorantes compradores, golpeó el cristal, intentó racionalizar la situación... pero nada pudo hacer para evitar que todo lo que amaba se escapara de entre sus dedos.

Cuando llegó la mañana, los viandantes encontraron las ropas del pequeño viajero tiradas frente al vacío escaparate. Algunos pensaron que se había deshecho en lágrimas. Otros creyeron que alguien había comprado finalmente al pequeño hombre. Y otros dijeron que el viajero había decidido emprender de nuevo el viaje pero sin nada, para que nada pudiesen quitarle. Pero nadie, nadie, nadie se molestó en buscarle. Y por lo tanto este cuento termina sin sabia moraleja, pues del pequeño hombre nadie sabe nada.




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